La pandemia actual y los desafíos de las instituciones

Londres, Enero 26, 2020. Personas que usan mascarillas para protegerse a sí mismas debido a la epidemia en China. Enfoque selectivo. Concepto de cuarentena por coronavirus.

May 12th, 2020.

Frente a una amenaza real el mundo debe estar preparado. La preparación efectiva depende de la credibilidad de la amenaza. Dicha preparación no puede dejarse solo en manos del avance tecnológico y las ciencias duras, debemos repensar la ética de la economía global, y los valores que rigen sus relaciones. Esto con el fin de que sus efectos lleguen a ser más inclusivos y apuntando a que el ser humano logre ser más pleno. A medida que el avance tecnológico se integra a la economía, debemos pensar el impacto en las relaciones laborales, sociales y de producción, tanto entre humanos como entre humanos y no-humanos.

Las crisis sacan lo mejor y lo peor de las personas y los sistemas que estas constituyen. Las relaciones entre personas se formalizan mediante instituciones. Lo “peor” se puede resumir en “sálvese quien pueda”. Lo “mejor” se logra presionando y por ende expandiendo la frontera de lo posible. Esto pone a prueba nuestras instituciones. Estas de por sí tienen rendimientos crecientes, y tienen por objeto limitar la incertidumbre. Así, se entiende que las certezas que hemos logrado desarrollar hasta hoy sean (hasta cierto punto) rígidas al cambio. Esto es más evidente mientras más verticales son las jerarquías de las instituciones que formalizan nuestros sistemas.

Ejemplos de desafíos impuestos por la crisis sanitaria son la flexibilidad laboral que facilite el teletrabajo, la colaboración multidisciplinaria y multisectorial, la práctica de la gratitud y consecuente reflexión sobre el valor de distintos oficios, y la capacidad de reacción inmediata que obliga a priorizar en poco tiempo y la reflexión que esto impone en cuanto a la necesidad de haberlo hecho con anterioridad a la crisis en frío y no “sobre la rueda”, entre otros.

Esta crisis demostró que contamos con la capacidad para poder ejecutar la flexibilidad laboral en cuanto al teletrabajo, que la colaboración multidisciplinaria y multisectorial no solo es eficiente también es imprescindible como respuesta inmediata, que practicar la gratitud abre el espacio para reflexiones importantes, y que la priorización de nuestros valores es un tema y una conversación que nuestras sociedades se deben a sí mismas y que requiere una actualización. Entonces ¿por qué antes de la crisis consensuar estos acuerdos parecía tan difícil? ¿Se explica esto por una falta de voluntad? ¿O más bien se trata de una rigidez intrínseca de nuestras instituciones, que se agudiza mientras más verticales estas sean? Explorar este tipo de preguntas y sus posibles respuestas nos pueden ayudar a avanzar, por ejemplo, en nuestras relaciones laborales y a reflexionar nuestras propias preferencias como individuos y sus respectivos costos y beneficios.

También hemos visto un comportamiento intergeneracional que me lleva a pensar que las medidas hasta ahora tomadas son insuficientes, al menos en el largo plazo si queremos intentar estar mejor preparados en el futuro ante una nueva amenaza global. Por ejemplo, una adecuada y sostenida integración intergeneracional, así como también una multidisciplinariedad, al interior de las instituciones y organizaciones podría ayudarnos a mantener una coherencia y balances de largo plazo en cuanto a los acuerdos al interior de estas.

Dado que las distintas generaciones difieren en sus escalas de valores y preferencias, las instituciones que las acogen, como la laboral, deben diferenciar sus estrategias de acuerdo a sus diferentes segmentos de edad si pretenden ser eficientes en los acuerdos que se hacen dentro de ellas. Los departamentos de recursos humanos son claves en este sentido, sería recomendable que asumieran el liderazgo en temas de flexibilidad e incentivos laborales, evitando la precarización laboral y promoviendo la transparencia en los criterios aplicados. Estos temas deben considerar los contextos específicos de las etapas del ciclo de vida de las diferentes generaciones involucradas. Esto implica identificar influencias, preferencias y formas de medir el éxito que definen a las distintas generaciones y sus efectos en las etapas actuales y futuras de su ciclo de vida.

La actual crisis dejó al descubierto que cada grupo etario actuó de acuerdo a sus preferencias y valores. Más allá del juicio o reproche de este tipo de comportamientos que no es objeto de esta columna, sin duda una adecuada retroalimentación entre generaciones nos permitiría enfrentar nuevas amenazas de manera más participativa y por ende más equitativa. La invitación es a pensar una integración intergeneracional que promueva el trabajo y reflexión conjuntos de los distintos grupos etarios, y que nos permita generar códigos de valores consensuados basados en los principios de transparencia y sostenibilidad que aseguren balances equitativos en el largo plazo.